16 diciembre 2004

¡Odio el frío!

No sé ustedes pero yo odio el frío tanto como Gargamel odia a los pitufos. Hasta me pongo de malas, no quiero hacer nada, hasta siento una tensión en el cuerpo y aprieto mis mandíbulas cuando me baño, que por cierto, es un sufrir bañarse con agua tibia o calientita y salir a los grandiosos 4°C. No me gusta el frío y prefiero el calor. Muchos dirán lo mismo del calor, que lo odian y demás, pero pues cada quién su termostato.

Los labios se te parten, los ojos y la piel se resecan, no quieres salir de la cama en las mañanas, tienes que usar mucha ropa, cuando está reseco el clima andas dando descargas con todo el mundo y con todas las cosas metálicas que tocas, te da por comer más y como no dan ganas de hacer ejercicio tiendes a engordar, en fin, es un círculo vicioso.

Me choca que se me congelen las manos, me choca, siento como si se me clavaran agujas, como cuando metes la mano al agua de una hielera. Con las manos heladas no puedes escribir bien en la computadora o en un papel, se dificulta manejar, o incluso una caricia se vuelve desagradable. Cuando hace frío sólo se piensa en un lugar cálido, como estar bajo la sombra de una palapa junto al mar tomando un agüita de coco, o poder cambiarte de ropa sin sufrir o andar descalzo sin caminar de puntitas.

Por eso y muchas cosas más, odio el frío.